Me dispongo a escribir. Tengo
ganas, y demasiadas ideas desordenadas que, al intentar salir, se amontonan en
borrones y folios arrugados, y rabia. Trazo las primeras palabras de lo que sería
una carta para ti; empiezo con un “Querido”, pero suena excesivamente cursi, y
vuelvo al comienzo, entonces, escribo tu nombre. Y un punto.
Se me ocurren tantas quejas que
poner, pero no hay nada que te pueda reprochar. Tú eres así, eras, y siempre
serás. Y joder, tonta, ingenua de mí, que te intenté cambiar; pero eso es lo
que me gusta, tu aire bohemio, tu espontaneidad. Tus ganas de vivir, de no
mirar atrás. Y tienes razón, ¿para que me quiero engañar? No somos uno, ni dos;
somos todos los que estamos mal. Hacemos locuras, intentamos querer con
cordura, pero hay cosas imposibles y es que, “en el amor y la guerra, todo vale”,
desde el más doloroso engaño, hasta el más preciado detalle. Y todos nos
hacemos daño. Y decimos que no importa, aunque nuestros ojos digan lo
contrario. Pero es que hay veces, que para salir hay que seguir dentro, y sigo
pensando que el paraíso podría ser cualquier lugar del mundo si es a tu lado.
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