lunes, 12 de noviembre de 2012

Ella


Estamos tirados en la hierba. Perfilo su rostro con la mano para recordar cada detalle. Su pelo cobrizo ondea desde la frente, pálida, fría. Su nariz, recta y con la punta algo respingona, paralela a sus rosáceas mejillas, aunque yo solo veo la izquierda. Sus labios, entreabiertos, como susurrando melodías. Son rojos. Son perfectos; es perfecta. Se gira, me mira: ojos grandes, redondos, color avellana. Pestañas largas, negras.
Tiene un rostro melancólico; parece una golondrina con el ala rota, que desea echar a volar, pero que sabe que sus esfuerzos serán en vano.
Siempre he preferido a los animales libres, en su entorno y, a mi lado, no es el suyo. Me encantaría decirle que vuele, pero no puedo; la quiero.
Parece que me pide perdón con la mirada por adelantado, por el daño que me va a hacer cuando se vaya, ya que es inevitable que se marche.
El riachuelo a un par de metros de nosotros es la banda sonora perfecta. El olor a campo, la sombra de los árboles. Echaré de menos esto.
Se incorpora. Ahora su mirada se pierde en el horizonte. Respira mientras cierra los ojos y se quita los pendientes. También se despoja de su vestido, que deja arrugado al lado de sus zapatos, tirados en el césped, y desaparece bajo el agua. No quiero que se acabe.
Ojalá no hubiera habido principio, así no tendría que haber un final.

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