Estamos tirados en la hierba.
Perfilo su rostro con la mano para recordar cada detalle. Su pelo cobrizo ondea
desde la frente, pálida, fría. Su nariz, recta y con la punta algo respingona,
paralela a sus rosáceas mejillas, aunque yo solo veo la izquierda. Sus labios,
entreabiertos, como susurrando melodías. Son rojos. Son perfectos; es perfecta.
Se gira, me mira: ojos grandes, redondos, color avellana. Pestañas largas,
negras.
Tiene un rostro melancólico;
parece una golondrina con el ala rota, que desea echar a volar, pero que sabe
que sus esfuerzos serán en vano.
Siempre he preferido a los
animales libres, en su entorno y, a mi lado, no es el suyo. Me encantaría
decirle que vuele, pero no puedo; la quiero.
Parece que me pide perdón con la
mirada por adelantado, por el daño que me va a hacer cuando se vaya, ya que es
inevitable que se marche.
El riachuelo a un par de metros
de nosotros es la banda sonora perfecta. El olor a campo, la sombra de los árboles.
Echaré de menos esto.
Se incorpora. Ahora su mirada se
pierde en el horizonte. Respira mientras cierra los ojos y se quita los
pendientes. También se despoja de su vestido, que deja arrugado al lado de sus
zapatos, tirados en el césped, y desaparece bajo el agua. No quiero que se
acabe.
Ojalá no hubiera habido
principio, así no tendría que haber un final.
Cada segundo es otro principio.
ResponderEliminarCierto es
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