Me tumbo en la azotea y observo las estrellas; nunca antes
me había parado a mirarlas de esta manera, parece que hoy brillan mucho más que
el resto de los días. El viento sopla y me cruzo de brazos para sentir algo de
calor. Es una noche preciosa.
Pienso en todo lo que existe ahí arriba, en lo poco que
somos y lo mucho que nos creemos, en que haya una especie de muchacha en algún
planeta lejano que se encuentre en su tejado contemplando el Universo desde
otro punto de vista y me imagine a mí, y que, a pesar de la inmensidad de lo
que le rodea, se sienta sola y busque consuelo en pensamientos fantásticos,
ficticios, utópicos.
Quiero creer que hay otros tipos de vida porque, a decir
verdad, ésta no me está gustando nada.
Imagino la cara de la luna, porque los cráteres desde la Tierra parecen dibujar su
rostro. A pesar de reflejar la luz del Sol, es mucho más bonita que éste,
porque destaca en la relativa oscuridad de la noche. Me refiero a que, cuando
más ciegos estamos es cuando más tenemos la oportunidad de ver. Y, a propósito
de lunas, me llama la atención “Europa”, una de los cuatro satélites galileanos,
en cuyos océanos sería posible la vida ya que contienen más oxígeno que los
terrestres. Europanos, gracioso, ¿no?
No pretendo ser astrónoma, pero “oye,
aquí al lado hay un Universo de locura, ¿a qué esperamos?, E.E. Cummings”
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