Tienes una hora de tren por
delante y solo llevas una mochila con un móvil apagado, una caja de chicles de
menta, un monedero sin efectivo y un paraguas. Los veinte primeros minutos te
agarras a la barra del techo porque ni siquiera quedan asientos libres, y te
dedicas a mirar la hora, la temperatura y cuál será la próxima parada. Te fijas
en la gente e imaginas su vida. La del hombre de tu lado, que lleva una bolsa
con un libro recién comprado “La enciclopedia más completa de los personajes
Lego Star Wars”, piensas que seguro que tiene una reproducción de Springfield a
escala. El chico que bajará en la próxima parada, el que te cederá su asiento,
avisa a una chica de que se le ha caído un billete, aunque tú hubieras apostado
que él sería el primero en agacharse a recogerlo; prejuicios. La pareja que
ahora se sienta delante de ti se pregunta cosas sobre los colores, sobre un
examen. ¿Qué estudian? El chico lleva como pendiente una cremallera roja. Nunca
llevaría uno así, pienso imaginándome la peor situación. Una niña lleva una
capa gris y unas botas rosas; es preciosa, pero seguramente no tenga las
oportunidades que yo he tenido. Eso me recuerda a un documental “Los niños de
la estación de Leningradsky”, sobre los niños abandonados de Moscú. ¡Ojalá pudiera cambiar el mundo! No soy
capaz de hacer mucho.
Miro la próxima parada: final de
trayecto.
Cuando se para el tren no puedo
coger el autobús; no tengo efectivo porque una mujer me pidió cuarenta céntimos
en la estación y le dí dos euros pensando que se compraría una hamburguesa.
Confío demasiado en que todo mejore.
Camino, y lo que creía que sería
un agradable y fresco paseo se convierte en millones de reflexiones y
sentimientos de culpabilidad, y alguna que otra lágrima. Y me agobio, y deseo
con todas mis fuerzas que se acabe ya. Quiero una tarjeta sin fondos y
arreglarlo todo.
Llego a la que hubiera sido mi
parada a la vez que el tercer autobús que he visto pasar durante el camino y, otra vez más, disfrazo mi cara con una sonrisa.
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