Nunca digas adiós porque decir
adiós significa irse, e irse significa olvidarse.
No fue un amor de verano, ni de primavera. Ni siquiera fue
un amor. Preferimos llamarlo amistad pasajera.
Las hojas doradas de los árboles caducos comenzaban a caer,
y las ardillas peleaban por las bellotas que ya yacían en el suelo. El viento
agitaba las banderas de los barcos del puerto y provocaba un relajante sonido
de las olas al romper en la orilla.
Enfadada conmigo, con el mundo, con todo, con todos, decidí
hacer de la arena un colchón y de mis brazos la almohada. Mi botella de agua se
vería sustituida por una de tequila; y con suerte, mi estado de embriaguez me
llevaría a alguna locura que me reconciliase con la sociedad.- Al menos eso
pensaba hasta que llegó él.
Leiva decía sentir lo mismo, quería desaparecer, quedarse
solo. Vagar por el mundo desamparado, aislado; tanto es así, que planeamos
fugarnos, huir, esfumarnos como el humo. Conectamos. Éramos como las dos piezas
perdidas de un puzzle, fragmentos sueltos que se pueden unir entre ellos, pero
que no encajan en ninguna parte.
Esa misma noche, la primera, caminamos hasta el amanecer
llegando hasta las playas más recónditas de nuestra aldea. Desayunamos tres
amargos tragos de tequila y un abrazo, y nos tumbamos a observar cómo el sol
aparentemente se movía, lo cual nos encarriló al motivo de nuestra partida: el
desengaño. Todo es una ilusión; el sol permanece quieto, nosotros giramos a su
alrededor; las personas, la
Tierra , es una mínima parte irrelevante para el Universo;
nuestra existencia tiene un principio y un fin, sin causa, sin consecuencias.
Retomamos el camino. Esta vez mar adentro. Esta vez dándonos
la mano, seguros de lo que hacíamos. Avanzábamos lentamente, como si con cada
paso nos despidiésemos de un episodio de nuestra vida. En el último, el que nos
llevaría a la última bocanada de aire antes de soltarlo bajo las olas, nos
despediríamos de nosotros mismos.
Exhalé mi último aliento y mientras contemplaba las burbujas
ascendiendo, buceaba evitando la tentación de subir a la superficie. Al mismo
tiempo, noté como la mano de Leiva se desvanecía, dejando la mía vacía; se
había evaporado, nunca había existido.
Dicen que los segundos antes de
morir ves tu vida pasar ante tus ojos.
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