viernes, 9 de noviembre de 2012

Irse significa olvidarse


Nunca digas adiós porque decir adiós significa irse, e irse significa olvidarse.
No fue un amor de verano, ni de primavera. Ni siquiera fue un amor. Preferimos llamarlo amistad pasajera.
Las hojas doradas de los árboles caducos comenzaban a caer, y las ardillas peleaban por las bellotas que ya yacían en el suelo. El viento agitaba las banderas de los barcos del puerto y provocaba un relajante sonido de las olas al romper en la orilla.
Enfadada conmigo, con el mundo, con todo, con todos, decidí hacer de la arena un colchón y de mis brazos la almohada. Mi botella de agua se vería sustituida por una de tequila; y con suerte, mi estado de embriaguez me llevaría a alguna locura que me reconciliase con la sociedad.- Al menos eso pensaba hasta que llegó él.
Leiva decía sentir lo mismo, quería desaparecer, quedarse solo. Vagar por el mundo desamparado, aislado; tanto es así, que planeamos fugarnos, huir, esfumarnos como el humo. Conectamos. Éramos como las dos piezas perdidas de un puzzle, fragmentos sueltos que se pueden unir entre ellos, pero que no encajan en ninguna parte.
Esa misma noche, la primera, caminamos hasta el amanecer llegando hasta las playas más recónditas de nuestra aldea. Desayunamos tres amargos tragos de tequila y un abrazo, y nos tumbamos a observar cómo el sol aparentemente se movía, lo cual nos encarriló al motivo de nuestra partida: el desengaño. Todo es una ilusión; el sol permanece quieto, nosotros giramos a su alrededor; las personas, la Tierra, es una mínima parte irrelevante para el Universo; nuestra existencia tiene un principio y un fin, sin causa, sin consecuencias.
Retomamos el camino. Esta vez mar adentro. Esta vez dándonos la mano, seguros de lo que hacíamos. Avanzábamos lentamente, como si con cada paso nos despidiésemos de un episodio de nuestra vida. En el último, el que nos llevaría a la última bocanada de aire antes de soltarlo bajo las olas, nos despediríamos de nosotros mismos.
Exhalé mi último aliento y mientras contemplaba las burbujas ascendiendo, buceaba evitando la tentación de subir a la superficie. Al mismo tiempo, noté como la mano de Leiva se desvanecía, dejando la mía vacía; se había evaporado, nunca había existido.
Dicen que los segundos antes de morir ves tu vida pasar ante tus ojos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario