Solíamos aterrizar de pie, como los gatos, pero acabamos
arrodillándonos y poco a poco más cerca del suelo. Nos hicimos añicos como un
tarro de cristal, y los pedazos de nosotros eran afilados y cortantes. Hacíamos
daño a quien nos quería tocar. Sangre.
Nosotros también nos perjudicábamos, el uno al otro, como si
fuéramos enemigos. Y, ¿te digo la verdad? Lo éramos. Nos queríamos porque nos
odiábamos, no soportábamos estar juntos, pero tampoco separados. Nos queríamos
bajar de ese tren, pero no sabíamos cómo hacerlo, aunque, ¿lo hubiéramos hecho?
No estuvimos a la altura, porque ya dicen que para estarlo hay que ser maduro,
y ni tú ni yo estábamos a punto de caernos de las ramas de un árbol.
Ahora, supongo, ya hubiéramos alimentado a cientos de
hormiguitas, y gusanitos, porque estamos podridos. Hemos dejado de lado lo que
nos hacía jóvenes. Lo que nos alejaba de las arrugas. Y todo por un verano, dos
tal vez, maravillosos, que convertiéronse en insufribles y semejantes al
infierno.
Todo tenía que pasar, y el tren ya ha llegado a mi estación, el otoño.
No hay comentarios:
Publicar un comentario