Los sábados por la mañana
desayunaba en “Le petit Café”. No
hacía falta que pidiese un café con leche y un poco de tarta de manzana; allí
ya me conocían, así que en cuestión de minutos me lo servían en la mesa junto
con una sonrisa y un “¡Buenos días, mademoiselle!”
que, realmente, funcionaba. Un gato gris de ojos verdes solía reposar sobre el
alféizar de la ventana situado al lado de la mesa en la cual me sentaba por
costumbre. Siempre acababa acariciándolo atraída por su frondoso pelaje.
Aún recuerdo el primer día que me
senté ahí; era un día de invierno y yo buscaba refugiarme del frío mañanero.
Entonces entré y me senté en la única mesa que quedaba libre. Mientras me
preparaban el almuerzo, me entretuve mirando a través de los cristales: un
chico me llamó la atención, sostenía “La
mecánica del corazón”, mi libro favorito. Abrió la puerta, y al ver el café
abarrotado, me miró.
-¿Puedo sentarme?
-¡Claro!, ¿cómo no?- respondí.
Enseguida nos presentamos, ¿cómo
olvidar su nombre?, Jean. Comenzamos
a hablar sobre libros, historias y resúmenes sobre nuestras vidas. Lo que
empezó por la mañana, continúo en un Fast-food como comida. Y quedamos en
regresar al mismo sitio, a la misma hora, todos los sábados.
Sábados, y sábados y más sábados.
Eso recuerdo. Y también palabra por palabra, silencio por silencio.
-¿A quién amas?- me preguntó
mientras me daba la mano.
-Te amo, te quiero a ti.
-No deberías temer a soñar un
poco más grande, querida.-Confundida, fruncí el ceño, como buscando un motivo a
esa respuesta. Sonrió; joder, me daba la vida.-Yo también te quiero a ti.
Y ya no fueron sábados, ni
mañanas, sino días enteros, noches, madrugadas. Me quiso; lo sé. Juro que
éramos infinitos, que nos tatuamos un “siempre” en el corazón. Y lo sigo
teniendo. Como si estuviera grabado con fuego.
También recuerdo detalladamente
el sábado que no nos vimos, en el que me llamó.
-Dime quién soy- comenzó- no lo
sé. Te necesito, ya no puedo demostrarte lo que te quiero de forma humana- Y
colgó.
Pensaba que quería morir, pero en
realidad solo quería ser salvado.
¿Cómo es posible perdonar si no
podemos olvidar?
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