domingo, 18 de noviembre de 2012

Rutinas


Los sábados por la mañana desayunaba en “Le petit Café”. No hacía falta que pidiese un café con leche y un poco de tarta de manzana; allí ya me conocían, así que en cuestión de minutos me lo servían en la mesa junto con una sonrisa y un “¡Buenos días, mademoiselle!” que, realmente, funcionaba. Un gato gris de ojos verdes solía reposar sobre el alféizar de la ventana situado al lado de la mesa en la cual me sentaba por costumbre. Siempre acababa acariciándolo atraída por su frondoso pelaje.
Aún recuerdo el primer día que me senté ahí; era un día de invierno y yo buscaba refugiarme del frío mañanero. Entonces entré y me senté en la única mesa que quedaba libre. Mientras me preparaban el almuerzo, me entretuve mirando a través de los cristales: un chico me llamó la atención, sostenía “La mecánica del corazón”, mi libro favorito. Abrió la puerta, y al ver el café abarrotado, me miró.
 -¿Puedo sentarme?
-¡Claro!, ¿cómo no?- respondí.
Enseguida nos presentamos, ¿cómo olvidar su nombre?, Jean. Comenzamos a hablar sobre libros, historias y resúmenes sobre nuestras vidas. Lo que empezó por la mañana, continúo en un Fast-food como comida. Y quedamos en regresar al mismo sitio, a la misma hora, todos los sábados.
Sábados, y sábados y más sábados. Eso recuerdo. Y también palabra por palabra, silencio por silencio.
-¿A quién amas?- me preguntó mientras me daba la mano.
-Te amo, te quiero a ti.
-No deberías temer a soñar un poco más grande, querida.-Confundida, fruncí el ceño, como buscando un motivo a esa respuesta. Sonrió; joder, me daba la vida.-Yo también te quiero a ti.
Y ya no fueron sábados, ni mañanas, sino días enteros, noches, madrugadas. Me quiso; lo sé. Juro que éramos infinitos, que nos tatuamos un “siempre” en el corazón. Y lo sigo teniendo. Como si estuviera grabado con fuego.
También recuerdo detalladamente el sábado que no nos vimos, en el que me llamó.
-Dime quién soy- comenzó- no lo sé. Te necesito, ya no puedo demostrarte lo que te quiero de forma humana- Y colgó.
Pensaba que quería morir, pero en realidad solo quería ser salvado.
¿Cómo es posible perdonar si no podemos olvidar?

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