martes, 20 de noviembre de 2012

Y a ti te llegará. ¿O no?


Estoy tan hundida. He cavado un pozo de dos metros de profundidad para esconderme. Solo cabe una persona: yo.
Asustada, perdida y atemorizada con esto de la vida, ¿qué es?, ¿qué se pretende? Siento como si mi cuerpo, por dentro, estuviera hecho de llantos, de tristeza, de lo malo, y lo único que los demás ven es una fina capa de piel, una sonrisa, lo que quiero mostrar. Pero pasa el tiempo y la piel se rompe, y la sonrisa, se desgasta. Y no hay ningún estudio que demuestre que puedan recolocarse y que vuelva a ser feliz: ¿dónde se han escondido tus ganas de vivir ahora, pequeña? No lo sé.
Lo tomo como una pregunta retórica, sin respuesta, tengo que orientarme, encontrar la razón de mi existencia. He leído tantas incoherencias acerca de ella que mis esperanzas son nulas.
No  estoy enferma. Ése es el problema; dejo de estarlo.
Se trataba de ser camaleónica, ocultarse entre la gente, ser una más, seguir las reglas, no cuestionarte aquello que no tiene respuesta, porque sino, ¡ZÁS! Desencanto, amigo. ¿Y por qué yo y no otro? Te preguntas, y claro, otra vez lo has hecho. Te ha tocado. A ti, ahora. Unos nunca se darán cuenta y a otros todavía les queda un tiempo para quitarse las gafas sucias por las que ven. Entonces, ¿es una suerte? Yo lo considero un infortunio, una desgracia.
Sé que soy una ignorante y, desconozco muchas cosas, pero me gustaría desentenderme de la mitad de lo que sé.

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