Deja que caigan las lágrimas, vacíate,
que no vuelvan. Estar sola es tanto lo mejor como lo peor que te podía haber
pasado. Ya sabes cómo es la gente; te han dado patadas hasta dejarte acurrucada
en el suelo rogando que te dejen. Y eso han hecho. Todas las personas que
ocupaban distintos espacios en tu corazón se han ido y lo han dejado desierto:
ahora solo se encarga de bombear la sangre, aunque te cuesta dejar que siga
haciéndolo. Quieres sangrar. Quieres cambiar; por dentro, por fuera. Te acabas
volviendo adicta al dolor, a arrancar partes de tu alma de golpe y ver cómo cada
vez queda menos de ésta.
Todos te han fallado.
Te tienes a ti, y no desearías ni
eso. No ves un solo haz de luz en tanta oscuridad, y no hay manera de dar al
interruptor. No sabes cómo has llegado hasta aquí porque, al fin y al cabo, el
camino ya estaba hecho y tú lo seguiste sin pensar a dónde llevaría.
Sigues buscando y no encuentras
las palabras adecuadas, ¿cómo describir tal soledad? La odias, pero te encanta.
No soportarías estar acompañada en estos momentos pero, tal vez, nunca estarías
así de no haber sido por este abandono.
No quieres rendirte porque tienes
esperanzas de que esta mierda algún día cambie, de que encuentres a alguna
persona que te llene por completo y recoloque las piezas perdidas del puzzle de
tu corazón.
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