lunes, 24 de diciembre de 2012

Un saco de agua salada


La primera lágrima es la más fácil de contener, porque a partir de su caída, las demás fluyen silenciosas y desordenadas. Estoy acurrucada en la cama. Anoche me acosté llorando y facilitó que me durmiese. Hoy, el sol que entra por las rendijas de la persiana me ha despertado; pero no quiero moverme. Me tapo la cabeza con el edredón y presiono mi cabeza contra la almohada. No sé muy bien con qué fin, pero quiero seguir soñando porque la realidad es demasiado cruda para mí; cualquier evasión de ella es un regalo. Lo que pudieran ser pesadillas durante la noche es mi día a día, así que no me importa recordar lo que sueño porque siempre es algo que desearía, mejor que lo que vivo. El sol mañanero es solo una forma de engañarme; el frío de anoche sigue en la habitación. Me gusta. Me acurruco un poco más y logro sentir mi propio calor; no es equiparable al que te puede dar otra persona, pero es mejor que el gélido colchón. Me he encargado de que el poco oxígeno que cabía bajo el edredón se convirtiese en dióxido de carbono así que empiezo a agobiarme y me destapo. Este gesto supone algo evidente: El día ha empezado.
Cada vez que hago esto, cada vez que pongo los pies en el suelo, me propongo cambiar, pero la monotonía de lo que me rodea me hace volver a la rutina: soy un saco de agua salada que se llena a diario y necesita vaciarse; así que acabo igual.  Entre cada despertar salgo con ganas de empezar de 0, de mirar desde otro ángulo las cosas, de decirme “yo puedo con esto y no esto conmigo” pero con el paso de las horas las palabras se desordenan y emborronan y así, cuando empieza a oscurecer, mi lema es “esto puede conmigo”. Y me vengo abajo.
Entro a mi casa, donde el denso humo del tabaco me provoca nauseas, y me dirijo hacia mi habitación. No quiero hablar, no quiero cenar, no quiero vivir. ¿Por qué no se acabó el mundo? Nadie hubiera llorado la pérdida de los demás; aunque si yo muriese ahora dudo que alguien llorase por mí. Cojo el ordenador, me pongo los cascos y escucho música. El modo aleatorio es el que decide cuando me dormiré. Esa canción clave que es la banda sonora de una película de drama: mi vida. Lo apago. Me meto en la cama y lucho por mantener la primera lágrima, la más salada y dolorosa, dentro de mí.

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