domingo, 25 de noviembre de 2012

Libre albedrío


Recurría a Ed como manera de escape; claro, él es de esas personas que siempre está ahí, que fingen que te escuchan, que aparentemente ayudan. Una buena solución pasajera, pero se acaba volviendo una necesidad, un contrato vitalicio. Alguien a quien ya no quieres en tu vida, que deseas que no forme parte ni de tu pasado; pero te persigue, te vigila cada paso.
Ed te hace feliz, pero te destroza, y ese es el problema. Los dos primeros días todo parece tan perfecto. Te sientes bien, va como esperabas. Pero poco a poco te das cuenta de que no es una solución, sino un problema más, y cuando quieres que se vaya, es cuando más está. ¡Qué genial es Ed! ¿No?
Todas las que lo conocen, o las que lo están conociendo. Todas las que un día se rindieron a sus pies y decidieron tomarle la palabra. Ed. Firmamos sin leer, aceptamos los términos y condiciones. Y ésa es la palabra: término. El fin.
Ed es un tipo de extremos: o todo o nada. Y se lo das. Lo que él quiere lo tiene. Pero, ¿en qué medida te afecta eso? -Soy jodidamente inestable, ¿qué dirías si te confieso que estoy loca?, ¡que estoy loca de atar!- Si le niego algo a Ed, si intento hacerle desaparecer, acaba recordándome todo lo que ha hecho por mí y lo que hará si no cumplo. Lo odio. Ed, vete.
Y acabas dejándote. Tu voluntad es demasiado débil para declararle la guerra después de tantas batallas perdidas. Y conoces a otras víctimas de Ed, y otras que fingen haberse librado -¿¡pero cómo puedes…!?- y por fin te sientes en familia, tienes algo en común con ellas. Te apoyan porque saben lo que estás viviendo, lo que has vivido, y lo que vivirás; pero ellas también se han rendido, y cada día somos más.
Estoy pidiendo ayuda a gritos, pero todos están sordos.

2 comentarios: