Te decides: la voy a encontrar. Sentado
en la cama, comienzas poniéndote una camiseta blanca de manga larga, hace frío.
Los primeros vaqueros que ves y unas converse grises. Miras a tu alrededor,
como si fueras a empezar una carrera que dejase todo eso atrás. Y la empiezas.
Bajas las escaleras y abres la puerta del portal; allí la viste por última vez.
Bailasteis sobre la nieve, bajo la farola que alumbra el porche hace unas
semanas. Suspiras y corres. ¿Hacia dónde? No sabes en qué dirección ir, pero
corres. Pasas por tantos sitios; en todos ellos la ves, y cada vez más cerca. La
conseguirás. No recuerdas haber paseado con ella por las calles de esta ciudad,
pero habéis caminado kilómetros de la mano bajo las estrellas infinitas.
No tienes fotos, ni su teléfono,
ni la marca de perfume que utiliza; ni siquiera sabes si usa. Intentas recordar
dónde estaba su casa, pero ¿alguna vez la
viste lejos de la tuya?
¿Cómo la conociste? Repasas mentalmente todos los bares y garitos
que frecuentabas antes de saber de ella, pero en ninguno aparece su nombre. Ni
siquiera tus amigos te creen cuando hablas de cómo te mira, de cuánto la
quieres, de cuánto te quiere; porque, te quiere ¿no?
Te sientas en el banco de un
parque. Has andado tanto que no sabes dónde estás; ¿qué pasa si estoy equivocado?
Parece como si se estuviera
riendo de ti: “Solo ha sido tuya por las noches”. Y todos tenemos sueños que
olvidamos. Puede que ella formase parte de uno imborrable.
Anochece y sigues ahí, pensando. Dudando.
Lo era todo, y ahora, ¿es alguien? Duele
pensar que tengas que olvidarla; pero es tarde, y tienes que regresar, perdiéndote
de nuevo, por las calles de la ciudad.
Llegas, agotado, destrozado,
roto, y abres el portal.
-He estado equivocada, he estado en lo cierto. Déjame estar contigo
esta noche.-Y vuelves a dejar que pase, otra noche más, otro sueño, otra
vez.
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